MINI SEMANARIO CINÉFILO 17 FEB
Porque hay que escribir aunque sea un poco sobre cine.
En una época donde la ciencia, tecnología y velocidad dominan nuestra vida es poco común ver a las personas dedicarse a un oficio de fe. Si bien los mayores hablan mucho estos temas, la mayoría de los jóvenes rechazan tajantemente las religiones por su falta de apertura o sus creencias que parecieran ser ridículas.
La juventud ya no busca una guía hecha por personas. Hoy en día estan más presentes los múltiples errores de genocido, juicio y pensamiento que muchas religiones han cometido con el paso de los años. Ya no somos los corderos de antes, cada tropiezo de la iglesia es considerado irreversible y imperdonable. Así mismo, muchas creencias inhiben a los jóvenes privandolos de vivir libremente o de ser ellos mismos.
Por las anteriores y otras razones es muy difícil ver a alguien como Theresa. Una persona que desde temprana edad siente el llamado de Dios. Un dios puro y noble que escoge sabiamente a quienes lo representan; que hace posible que otros crean ciegamente en él.
En lo personal admiro mucho a las personas que tienen fe ciega. Al contrario de lo que piensa la mayoría CREER es por mucho, muy complicado. No cualquiera nace con esa vocación, si se le puede decir así. Podemos alegar que fue una enfermedad lo que guiaba la fe de Theresa, un estado de locura incurable e insensato; pero siempre quedará el “que tal si era cierto”.
Respecto a la religión, al menos yo, suelo descriminar información. Siendo de una escuela y familia católica hay varios factores que me formaron creyente mas no practicante. No soy de las personas que tienen una fe ciega en la religión, juzgo y dictamino que puede entrar en mis propias creencias. Por ejemplo, se que mi escuela seguramente no la fundó la Guadalupana cuando le mandó una carta al abad hace 100 años; pero si se que alguien puede sentir un llamado a la vocación sincero y, por ende, apasionado.
Probablemente fue por lo anterior que Alain Cavalier abordo el tema de una manera tan simple. La religión esta en un segundo plano, rodea y crea el ambiente mas son las relaciones, emociones, sentimientos y acciones lo que santifica o perturba la más sencilla y verdadera fe. Una perseverancia y sacrificios representan a esa hermosa y humilde mujer quien en su libreta expresa su imaginario y verdaderos pensamientos, independientemente si Dios le dice que hacer o pensar.
Siendo objetivos la posmodernidad no mató a Dios, la religión murió lentamente mientras avanzaba el siglo veinte. Ahora, nosotros somos una miscelánea de religiones y creencias. Día a día nos formamos espiritualmente, sólo ya no contamos con una guía. Cada quien decide su cielo y su infierno, su penitencia y su purgatorio. Excepto unos cuantos elegidos que todavía admiten que su fe no ha caído.
En la actualidad nuestra concepción de la infancia es muy diferente a la que, hace muchas décadas, se tenía. Sin embargo siempre se ha pensado de los niños y niñas como criaturas de pureza e inocencia. Seres que no han sido tocados por la corrupción y maldad de la mente adulta; personas que representan un pizarrón blanco donde el adulto puede ir escribiendo y moldeando la personalidad.
Muchas personas se han preguntado que pasaría si dejamos a estos pequeños, de edad inocente, en libertad. ¿En su ingenuidad crearían una sociedad pura o simplemente la crueldad surgiría de ellos confirmando la verdadera naturaleza humana? ¿A qué edad la idea de jerarquía, poder y locura ya es comprendida y analizada por sus cabezas? En mi opinión la capacidad de razonamiento infantil es subestimada por los adultos; ellos comprenden lo que sucede a su alrededor rápida y ágilmente.
No por nada el escritor William Golding y el director Peter Brook nos presentan, desde un comienzo, jerarquías de poder. Están los niños del coro y los demás. El niño sensato y prudente es el típico perdedor; los dos líderes muestran cualidades como la prudencia y la insensatez; los demás son rebaño. Muy pronto se darán cuenta, dependiendo de su educación y conciencia, como administrar el poder y lo que éste puede ocasionar.
Conforme avanza el filme podemos notar que la tendencia de la naturaleza humana es hacia el caos y el desorden. ¿Quién no quiere divertirse todo el tiempo y comer sin limitaciones y reglas? El salvajismo en su máxima expresión. Muchos dirán para entender la cinta una excusa perfecta: son niños, no adultos. Sin embargo, ¿no estamos jugando a lo mismo con un mayor número de personas y destinos? Siempre tendremos nuestros monstruos (la muerte en la cinta) y nuestros sueños (el rescate) que serán ayudados o impedidos por el prójimo. ¿Será posible que la inocencia infantil no se transforme en aquellos seres que “por miedo” y no por excitación de un grupo de personas matan al único ser puro? ¿Será posible que la prudencia y la justicia sea aplastada por una piedra?
Al final, en el libro y un poco menos dramático en la película, el marinero le pregunta a nuestro personaje principal si se encontraba jugando, él se rompe a llorar. ¿Cuando dejaremos de jugar con la vida de los demás resguardando nuestro salvajismo interno? Probablemente me desvié un poco del tema de la infancia pero, finalmente, de eso trata: de aprender, absorber y asimilar los conocimientos del mundo adulto mientras interpretan “inocentemente” un juego de poder.